Su nombre es Roberto. Tan sólo tiene 10 años y es como cualquier otro niño de la ciudad: inocente, alegre y juguetón. Sólo tiene dos preocupaciones en la vida: la escuela y el fútbol. A decir verdad sólo le importa el fútbol, pero le echa ganas a la escuela porque su mamá se lo insiste, siempre le repite que ella hubiera dado lo que fuera por asistir a la escuela. “Tu abuelo era de esos machos que no permitía que las mujeres fueran a la escuela, ‘¿para qué? En la cocina no lo necesitarás nunca, Alicia’ siempre me decía”, eran las palabras que le decía su madre cada que Roberto no quería hacer la tarea. Y él lo entendía perfectamente, hace tiempo que se había dado cuenta de que su mamá lavaba y planchaba ajeno por las noches. Esto lo hacía para traer dinerito extra a la casa, ya que por el día trabajaba limpiando casas en algunos fraccionamientos de la ciudad.
El amor por el fútbol lo heredó de su padre, Humberto. Él sí había ido a la escuela, aunque sólo terminó la secundaria. Ya no continuó sus estudios porque tuvo que trabajar para ayudar a sus padres a mantener a sus cinco hermanos pequeños. Ahora trabaja de velador en un fraccionamiento nuevo a las afueras de la ciudad; gana cinco mil pesos al mes por turnos de 12 horas al día, seis días a la semana. Cuando la necesidad apremiaba, le pedía el taxi prestado a su compadre Juan y se aventaba hasta ocho horas al volante. Usualmente hacía esto tres o cuatro días al mes, pero nunca en sus días de descanso, esos prefería aprovecharlos para estar con su hijo ya fuera para platicar sobre fútbol, para ver fútbol o para jugar fútbol. Humberto sueña con que su hijo se convierta en futbolista profesional. Leer todo>> about La primera decepción